LA CONTEMPLACIÓN, UNA ORACIÓN EN LA QUE HABLA EL SILENCIO

01-05-2009 

Los maestros de la vida espiritual describen la aventura hacia Dios como el camino de la oración vocal a la contemplación, pasando por la meditación.

Las palabras de la oración, surgidas del silencio de Dios, envueltas en el silencio del sentimiento de ausencia de Aquel a quien son dirigidas, y consumadas en silencio, terminan en la perfecta unión del amor. No tiene nada que ver con la mudez que encerraría al hombre en la incomunicación. Se trata de un silencio hecho de escucha, atención y acogida. Es silencio de palabras, imágenes e ideas. Toda palabra humana necesita del silencio para cumplir con su misión, para hacer lugar y crear el clima adecuado donde vayan apareciendo las capas profundas de la persona y la verdadera comunicación más allá de las palabras y las ideas.

Acallar las palabras y las ideas de la oración vocal y mental significa no tomarlas por Dios. Son solo un medio para la unión con Dios. No quedarse en ellos. Servirse de estos medios para ir más allá de ellos y poder descender a la experiencia de la fe y del amor, donde Dios se nos comunica. Palabras, ideas, deseos, miedos y preocupaciones, imágenes y toda la cadena de conceptos, provocan ruido y estorban. Son fantasmas interiores. Pero hay otro obstáculo fundamental para el silencio contemplativo que acompaña la relación con Dios:

Es el ego, el yo convertido en centro que lo ocupa todo y hace girar todo en torno a él. Conduce al narcisismo, sin ojos, ni oídos, ni amor, ni estima más que para sí mismo. El yo desmesurado hace imposible el silencio que ha de envolver las palabras, las imágenes y las ideas de la oración.

Cierra toda posible comunicación y relación con los otros, que siempre requiere salidas de sí, entrega, acogida, condiciones indispensables de las que surge la actitud orante que transfigura. Es el sentido de la bienaventuranza “felices los limpios de corazón”, porque ellos verán a Dios.

ORAR PARA VIVIR. Invitación a la práctica de la oración. Juan Martín Velasco. Ed. PPC. Madrid 2008.